La tierra esta sufriendo de fiebre... Pero hay una esperanza

(Autor: Cristian Frers)

 

Las opiniones de las personas se encuentran divididas. En un extremo, se encuentran los que consideran que el cambio climático es parte de un gran ciclo normal del planeta. Del otro lado, aseguran que no caben dudas de que los cambios climáticos son provocados –directa o indirectamente- por el ser humano. Lo cierto es que un gran número de personas se niegan a aceptarlo. Menos, aún, están dispuestas a considerar que ellas tienen algo que ver con el asunto. Lo más sencillo psíquica y políticamente es interpretar lo que a uno le gustaría interpretar, o bien patear la pelota afuera del campo de juego. Estas posiciones se parecen mucho a las adoptadas por los países. Algunos, toman nota y se hacen cargo (como Rusia) y otros (como los Estados Unidos) prefieren dilatas sus decisiones, mientras llevan a cabo films con olas gigantescas o glaciaciones sólo preocupantes en la ciencia ficción.

Una opinión madura debe basarse en evidencias; nos interese o no, nos favorezca o perjudique. No se la puede basar en el optimismo o en el pesimismo, que sólo son proyecciones de emociones. En el terreno de la razón, hay que reflexionar sobre algunas evidencias como:

Sin embargo, el 16 de febrero del 2005 se ratificó el Protocolo de Kioto, el tratado mundial más ambicioso en defensa del medio ambiente. Con su vigencia, comenzará una nueva era, basada en una economía diferente, lo que junto con un nuevo y necesario paradigma ético, constituye condiciones sine qua non para el desarrollo sostenible.

Este Protocolo establece legalmente objetivos vinculantes para recortar las emisiones de gases de efecto invernadero, producidos por las naciones desarrolladas. El objetivo es reducir, entre 2008 y 2012, un promedio de 5,2 por ciento de las emisiones a la atmósfera con respecto a los niveles de 1990 de los seis gases que generan el efecto invernadero: dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, hidrofruorocarbono, perfluorocarbono y hexafloruro sulfúrico. Sobre todo, del hemisferio norte, donde se encuentran los países desarrollados –no obliga a los países del hemisferio sur o subdesarrollados- cada país, sin embargo, tiene una cuota diferente.

En el mundo, se emiten unas 600.000 toneladas de dióxido de carbono al año. Una cifra que crece sin freno debido al estilo de vida humana, basada en el consumo de combustibles fósiles, como el petróleo, el carbón o el gas.

Los expertos coinciden en que prácticamente cualquier actividad humana es contaminante: desde la luz eléctrica que se utilizan en los hogares, pasando por el uso de los automóviles, el aire acondicionado, la calefacción, hasta la industria siderúrgica, refinerías petroleras o cementeras.

Sólo el uso del petróleo y otras energías fósiles es responsable del 80% de las emisiones de gas carbónico, que actúa como una pantalla reflectante para el calor que emite la tierra y lo envía de vuelta a ésta.

Veamos que se firmó: Se permite un cierto nivel aceptable de contaminación y se establece un mecanismo financiero, los créditos de carbono, por el cual quienes contaminan de más le pueden comprar una parte del derecho a contaminar a los que contaminan menos.

La entrada en vigencia del Protocolo de Kioto es, sin duda, un paso muy importante pero no decisivo en la difícil relación de nuestras sociedades con los cambios del clima.

Lo bueno es que hay un compromiso internacional de ocuparse del cambio climático, reduciendo las emisiones contaminantes. Esta decisión requiere de un alto compromiso de la sociedad en su conjunto: los ciudadanos, a partir de la recepción de información adecuada, capacitación y conocimiento para contribuir en lo posible, comenzando por los cambios de usos y patrones de consumo; el sector empresarial, en la toma de decisiones que conduzcan a beneficios basados en una responsabilidad social y ambiental, y el poder público, a través del desarrollo y la puesta en ejecución de políticas y medidas adecuadas, a la vez que permanentes.

Lo malo es que nadie está seguro de se logre una mejora perceptible, y ni siquiera de que muchos de los firmantes cumplan con sus compromisos. Ya se dice que Canadá resolverá su problema en el mercado financiero y no en las chimeneas. El acuerdo entra en vigor sin la participación de China y los Estados Unidos de Norteamérica, dos piezas claves para cualquier política de reducción de gases industriales.

El presidente francés Jacques Chirac instó a los países desarrollados a que para el 2050 dividan por cuatro las emisiones de gases de efecto invernadero. En una mesa redonda sobre el cambio climático que se realizó en el Palacio del Elíseo, Chirac dijo que, sin esperar al 2012, desea que Francia intente ir más allá del compromiso de Kioto. A nivel europeo sugirió que se refuercen las normas contra la contaminación de los vehículos y el transporte aéreo. Para el corto plazo, el presidente francés sostuvo que el primer objetivo del 2005 debe ser el de hacer que Estados Unidos vuelva a comprometerse en el esfuerzo internacional de lucha contra el cambio climático.

Estados Unidos –el mayor contaminador del mundo- continúa sosteniendo que el Protocolo no es de interés para su país debido a los supuestos daños que va a acarrear al cumplimiento de su economía. El presidente George W. Bush se limitó a prometer que apoyaría las reducciones de gases únicamente mediante las acciones voluntarias y el desarrollo de nuevas tecnologías.

En lugar de preguntarnos si tenemos o no que ver, ¿No deberíamos plantearnos si no hay que hacer algo? Estas no son proyecciones, sino hechos reales. Muchos de los procesos señalados ya han ocurrido en la Tierra. Es cierto. ¡Pero a lo largo de milenarios tiempos geológicos! No en el lapso que equivale al de una vida humana. Y si efectivamente fueran naturales, ¿Nos quedamos de brazos cruzado para ver a la Estatua de la Libertad cubierta de nieve como en la película “El día después de mañana”?

La Tierra esta sufriendo de fiebre y está no es una buena señal. La culpa es de todos. De la sociedad humana, con sus perversiones, su irresponsabilidad, su corrupción, sus intereses, su egoísmo, su hipocresía.

Si la Tierra está molesta, cada vez más enojada, es por culpa de todos. Cada vez le hacemos más daño. Y cuando la culpa es de todos, no significa que ella no sea de nadie en particular. Es de cada uno, según su grado de responsabilidad.

Estamos muy enfermos, y no nos damos cuenta. Enfermos de soberbia, de materialismo, de codicia. Pero podemos reaccionar. Podemos hacer un examen de conciencia; entrar en conversiones con nuestro ser profundo, con la parte elevada que hay dentro nuestro y ver si podemos cambiar, aunque sea en algo. Antes de que sea demasiado tarde.

 

Cristian Frers.

Técnico Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación Social.
Tte. Gral. Juan D. Peron 2049 7mo. “ 55”
(C1040AAE) Ciudad Autonoma de Buenos Aires.
República Argentina.