DEL LOBO A LOS MOLINOS EÓLICOS

(Mariano Estrada)

La primera noticia directa que yo tuve del lobo fue una tarde de nubes y olor reciente de lluvia. Según calculo ahora, basándome en acontecimientos familiares de muy difícil olvido, habrían pasado siete años desde el día de mi nacimiento. Por un asunto de tratos en ganadería, de los que a mí me llegaba únicamente el enternecedor balido de los corderos, mi padre había ido a un pueblo de lo que para mí era entonces la ultramontana Cabrera, más allá de Velilla, donde había un lago azul, un pico muy alto, llamado Vizcodillo -que en agosto conservaba intacta la nieve-, y un lejano tufillo de supersticiones y fantasmagorías, no muy bien definidas, entre las que estaban las historias espeluznantes del lobo y los mágicos ululares de ciertas almas en pena, a cuya sombra se cobijaban los forajidos y malechores.

Podía haber ido a lomos de una yegua rojiza, que yo montaba a pelo entre galopes de temeridad y rozaduras, pero no había sido posible, pues la yegua estaba preñada y en la casa iba a haber un parto inminente; un parto que, si realmente ocurría, atendería con solvencia mi abuelo... Y ocurrió, fue un potrillo salvaje y pelirrojo por el que, casi un año después, arrancado de mis brazos por el tratante que lo había formalmente adquirido, yo sentí emociones elocuentes que terminaron en lágrimas.

De regreso, atravesando las cumbres de la Sierra de la Cabrera, desde las cuales se abarcan las amplias lejanías de la provincia, pero también las cercanas laderas de Aguablanca, el Ferradal, Tijeo..., la tarde mandaba su inminencia hacia una noche cerrada. En ella estaban los miedos y las sombras, las meigas y los lobos.

Mi madre, hecha de cariños y prudencias, me obligó a ir a la cama, una cama de roble y de carcomas donde yo acosté mis tímpanos despiertos... La habitación era un lóbrego vacío de ferocidades, algo así como las fauces negras de un lobo. Yo tocaba el suelo con la mano para crear la realidad y los objetos, porque mi madre se había llevado el candil y, en la tiniebla,  el espacio era un tinglado de burbujas desvanecientes atravesadas por lluvias abundantes y amenazadoras: las aguas de mis ojos que plasmaban en el techo unos zarpazos de muerte...

Pero la muerte no vino. Yo crucé la mañana del domingo en un letargo cansado y, al despertar, ya en las proximidades de la comida, una risa grande y unos ojos alegres y despiertos se estrellaron contra el rostro de mi padre que me miraba sonriente

Le fue suficiente con la cacha... Y la cacha era de roble, por supuesto. Y el roble era magnífico y robusto, como mi padre. Y yo, que siempre he amado a mi padre, amé también al roble. Hoy amo al roble y a mi padre, que ya ha muerto. Pero también a los lobos, que afortunadamente perviven en los montes de roble de Velilla ¿Qué sería de ellos si mi padre, aquella noche oscura y tenebrosa, hubiera matado a sus desconsiderados antecesores?

Posdata eólica : debo añadir que tanto el lobo como el roble, símbolos de una rica fauna y de una flora exuberante y milagrosamente virgen, están amenazados de destrucción y de muerte. Salimos del olvido institucional, lugar que corresponde naturalmente a los pobres, para entrar en la desolación de los cementerios de alta montaña. Allí van a enterrar nuestro futuro empresas como Gamesa (Bbv-Iberdrola), mediante la colocación de innumerables estafermos eólicos, con sus aspas de menudillos de ave aproximada, con sus ruidos de sutil socavación de la paciencia, con los destrozos culpables de sus electificados corredores de velocidad, con sus líneas de última moda y de muy alta tensión... Y con el nulo respeto que las multinacionales y las administraciones están demostrando tener por la tradición, por el paisaje, por la gente, por la vida.

(1).- Velilla: montes situados en el norte de La Carballeda, Zamora, "comarca cuyo hecho diferencial es un extenso roble y un largo aullido de lobo". Sus cotas más altas se sitúan en la Sierra de La Cabrera, separándola de la comarca de este mismo nombre. Sus valles, que acompañan a un agua cristalina hacia el río Fontirín (que desemboca en el Negro que desemboca en el Tera que desemboca en el Duero), están milagrosamente habitados por unos robles hermosos, cuya robustez centenaria brota a veces de la negra antigüedad de las pedrizas... Al Noroeste la deslinda Sanabria, comarca de Lago legendario y de consecuente Parque Natural.

Mariano Estrada, 20-11-2000

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