VISIONES DEL MUNDO

(Mariano Estrada)

Entre la visión optimista que dice tener del mundo el filósofo español José Antonio Marina (ver posdata) y la pesimista que todos sabemos que tiene el escritor portugués y premio Nóbel de Literatura, José Saramago, hay una visión intermedia que, sin ánimo de complacencia con las anteriores, podía estar representada por el humanista argentino Ernesto Sabato, un hombre clarividente que llevará hasta la tumba sus inquebrantables y sólidos principios y una buena parte de sus no menos inquebrantables y sólidas  ilusiones; lo cuál tiene un gran mérito, sin duda, principalmente porque, gracias a su dilatado contacto con la desgracia, con la tragedia e incluso con la pesadilla, Sabato es un buen conocedor de los horrores que existen en el mundo. Y es entre las ruinas y los desastres precisamente donde ha encontrado la fe y los argumentos para decir con rotundidad que "el mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria". (Optimismo con causa bien distinta a las argüidas por José Antonio Marina, como luego se verá)

El contrapunto a esa nota estaría en la globalización, en cuya sombra se pierden las pequeñas sabidurías, los apegos entrañables , algunas nobles costumbres, el acicate convivencial, la idiosincrasia de grupo, el valor de la palabra, el sentimiento por el prójimo...Y aunque es cierto que se ha ganado en asepsia y en centros de salud, en atajamiento de las enfermedades, en esperanza de vida, en ciencia, en ordenadores y en muchas otras cosas, no es menos verdad que se ha perdido en riqueza natural, en diversidad de cultivos y artesanías, en inquietudes compartidas, en calma, en humanidad, en contemplación, en gozos... Y en conocimiento de la naturaleza, señor mío, porque los jóvenes de hoy no saben bien lo que es una espiga...¿cómo van a distinguir un fresno de un abedul, un roble de un castaño, un olmo de una araucaria? ¿Cómo van a amar el paisaje, o qué paisaje amarán si sólo conocen el asfalto y los bloques de cemento, el instituto y las discotecas?

Pues claro que hay razones para ser optimista, pero antes que en las lanzas victoriosas de un mercantilismo feroz e inmisericorde -y encima disfrazado de progresismo-, están en sus desechos de humillación, en sus derribos de sangre, en la estoica resistencia de unos valores humildes, dolientes y arrinconados. Es decir, en los gestos que unos pocos no han dejado desaparecer; en las brasas que otros pocos no han dejado apagar; en esas mentes limpias que , como la de José Saramago, han sabido marcar una distancia con todo lo que se compra con el dinero; en esas manos trémulas que siguen creyendo todavía en un amor perdurable y compartido; y en la entereza que han sabido administrar ciertas personas como Sabato para llegar a una vejez no sólo respetable, larga y lúcida, sino llena aún de conmovedoras esperanzas e ilusiones.

Naturalmente, respeto los argumentos en los que se apoya José Antonio Marina para justificar su optimismo, y comparto muchos de ellos, a pesar de sus quiebras y lagunas. Respeto y comparto, cómo no, los argumentos aducidos por José Saramago con absoluta convicción y dignidad, también con absoluto desgarro. Pero me queda mucha vida por delante como para hundirme en un seco pesimismo, mucha capacidad en el cuerpo y el espítitu para ir desgranando poco a poco la margarita de la inocencia en la que incubo una enorme cantidad de ilusiones y de esperanzas: de esas ilusiones y esperanzas que ni el tiempo ni el dinero ni las maldades de los mortales han podido matar en la persona del admirable Ernesto Sabato.

No sé si habrán caido ustedes en la cuenta de que, en realidad, estoy hablando de su último libro, La Resistencia. De todo lo que en él nos transmite, que es mucho, me quedo con la idea de que hay que resistir. Es verdad que no sabemos muy bien cómo, pero nos deja una pista importante: la de que "nos salvaremos por los afectos".

Posdata. Argumenta José Antonio Marina que "Cuando una sociedad se libera de la miseria, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio, evoluciona hacia la racionalidad, los derechos individuales, la democracia, las seguridades jurídicas y las políticas de solidaridad". Pero en esa enorme verdad hay grandes dosis de teoría, bastantes de voluntarismo y  alguna falsedad amagada, creo yo, porque la realidad nos demuestra -de ahí el pesimismo de Saramago-, que en general se camina hacia el abuso, el privilegio, el distanciamiento entre las rentas, la concentración de la riqueza en unos pocos países y, dentro de ellos, en unas pocas personas u organizaciones; la aniquilación de la diversidad por la globalización, la degradación ambiental, el pensamiento único, la competitividad, el consumismo, la deshumanización, la zancadilla, la prisa, la anulación de la voluntad individual ante la empresa privada, cuyo colmo se halla en unas multinacionales que ordenan, que dictan, que acogotan, que apabullan...

Y es que, al final, el liberalismo a ultranza no puede desligarse de las ciegas ambiciones de los mortales, que parecen no tener límite. Tanto es así que, de no tomar a tiempo las medidas oportunas, corremos el riesgo de que acabe corrompiendo totalmente a los poderes políticos y, lo que aún sería peor, a los otros poderes de los Estados. Hay casos en los que esto se percibe muy cerca. Mi optimismo, no obstante, se basa en la creencia de que esos riesgos serán contrarrestados por la voluntad incorruptible de los que, siendo como son, son ante todo personas. A ellas me dirijo.

Mariano Estrada, 20-11-2000

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