EL GORRIÓN DESPRENDIDO

(Mariano Estrada)

Para Guillermo, que tiene patria en Muelas, con los pájaros

(La historia es real, con niño de carne y hueso. Se llama Guillermo Ferris y es hijo de José Luis Ferris, premio Azorín de novela 1999 y culumnista de El País Comunidad Valenciana, entre otras cosas)

Fue en el lapso de tiempo que va de un sol pajizo y declinante a la hora imprecisa de los murciélagos. En lógica correspondencia, las pizarras azules de los tejados y los sillares grises de los edificios tenían sombra en el este, matizando así la uniformidad machacona de los colores.

Sobre un silencio esencial y una calma de densidades perceptibles, la tarde se extendía en un susurro de árboles y un piar creciente de pájaros. La torre de la Iglesia, con su veleta de gallo venturoso, apuntaba hacia un oscuro azul, un cielo extenso con purezas de campo y de montaña. Finalmente, una brisa suave y cadenciosa corría por las calles con las melazas de agosto.

En ese espacio adusto y apacible, casi íntimo, donde la belleza es sencilla y la naturaleza exhibe una semblanza armónica y antigua, Guillermo pudo sentir con alterada sangre los pálpitos de vida de un pequeño gorrión. Fue un instante mágico, por lo que el hecho tiene de misterioso. Emancipado del nido antes de hora, acaso desprendido por accidente, el gorrión se debatía entre desesperados aleteos y conatos inútiles de fuga, hasta que ¡zas!, alguien lo cogió sin excesivas dificultades y, con meditada delicadeza, se lo depositó en el asombro de los ojos y  de las manos. Guillermo resistió con entereza los naturales intentos de liberación del asustado pajarillo y, cuando éste se tranquilizó y abandonó los forcejeos, pudo percibir en su conciencia de niño de seis años la suavidad de un plumaje virginal, la dulzura de unos ojos desamparados y los latidos conmovedores de un corazón que, como el suyo,  apenas había salido a la calle y a la vida.

Con la lógica de un niño pequeño y, dado que estaba en aquel pueblo de visita, Guillermo quiso guardarlo en una caja de cartón para llevarlo a su casa de Alicante, junto al mar y la luz y las gaviotas. Allí  lo tendría para siempre, cuidándolo con hojas de lechuga, con agua, con alpiste, con azúcar de multiplicada eternidad.

Su padre, en cambio, con la lógica aplastante de una persona mayor - si bien con el disgusto de tener que arrebatarle a Guillermo una ilusión no sólo comprensible sino en cierto sentido incluso maravillosa -, le dijo con firmeza, aunque también con amor y con ternura, que su deseo no podía cumplirse porque el gorrión se moriría de juventud y de pena, que necesitaba a sus padres y a sus hermanos, que necesitaba aquellos árboles, aquel clima, aquellas aguas, que le era imprescindible aquel paisaje, aquel ambiente. Que toda la grandeza del mar no iba a ser bastante para salvarle la vida.

A los ojos de Guillermo acudieron las mareas del Mediterráneo, pero hizo un ejercicio de comprensión y logró ver que su padre, por esta vez, había pensado las cosas con la lógica de los mayores, pero en claro favor de los pequeños. Acaso el gorrión no necesitaba una protección tan rigurosa como su padre le había dicho, pero sí la compañía de sus ya añorados congéneres, la naturaleza  amable de aquel concreto lugar, llamado Muelas de los Caballeros, y la libertad que reclamaban sus alas para tener apego a la vida.

De todos modos, para evitar unas lágrimas mayores que las precedentes -y ya serían casi de dimensiones oceánicas-, su padre tomó el pájaro en las manos y, en una distracción de Guillermo -de las que son tan frecuentes en los niños-, corrió a depositarlo amorosamernte donde por fuerza había de encontrar a los suyos: en el exacto lugar en que su libertad, si bien con intenciones muy nobles, había sido violentada e interrumpida.

Al saber lo sucedido, Guillermo -ahogando en su doliente corazón unos latidos muy grandes que huían hacia el pájaro-, decía estar conforme mediante leves asentimientos de la cabeza, pero miraba a su padre desde un hoyo de resignación, callada, pensativamente, con la voluntad y la fuerza necesarias para contener las tempestades del mar, que otra vez se aproximaba a sus ojos.

Mariano Estrada, 20-11-2000

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