PAISAJE: VOLUNTAD DE AUTODEFENSA

(Mariano Estrada)

Si aceptamos que el territorio no es sólamente una suma de espacios más o menos productivos al servicio de las necesidades biológicas de los humanos, sino también un conjunto de lugares añadidos o superpuestos que, al margen de la productividad, son imprescindibles para la oxigenación del espíritu, entonces llegaremos a la conclusión de que el paisaje es absolutamente esencial para la supervivencia del hombre, trascendiendo el interés particular y siendo, por tanto, lo que ya nos parecía que era con anterioridad a este análisis: un bien sencillamente común.

Desde esta perspectiva, el paisaje no sólo es merecedor de respeto, sino que todo atentado contra el mismo debe ser considerado como un delito contra la humanidad. Más aún, yo tiendo a creer que quien no respeta el paisaje difícilmente puede amar del todo a sus vástagos; éso, o tiene el alma seca, porque nadie que tenga corazón puede labrar para ellos un futuro de cementerios desolados, de chatarra y de muerte.

¿Por qué, entonces, empresas tan cercanas como Iberdrola, cuyo sentido en el mundo es la iluminación de la vida -sobre todo por Navidad-, se empeñan en destruir el medioambiente: los árboles, los pájaros, los animales..., y en subir el beneficio a las montañas para castigarnos los ojos y hacer tambalear nuestro equilibrio hasta el punto de llegar a aborrecer lo que siempre hemos considerado como belleza? ¿Cómo van a evitar que los molinos eólicos se nos metan en los territorios interiores y nos produzcan indeseados embarazos, con vómitos y náuseas y mareos? ¿Van a instalar centrales de psicólogos en los alrederores de las centrales eólicas? ¿Van a apuntalarnos el hipotálamo para mantener la verticalidad de nuestra figura? ¿Repartirán bocadillos de aspirinas para templar los zumbidos permanentes de la cabeza? ¿Nos van a dar tapones para los oidos? ¿Y los harán con anuncios de periódicos con los que ahora procuran el silencio de nuestras bocas?

Por supuesto que la energía es necesaria. ¿Quién ha dicho que no? Y en especial la renovable y, por lo tanto, la eólica. Lo que no es necesario es el abuso, ni el destrozo del entorno ni los beneficios celéricos y desmesurados. Además, sabemos que el rendimiento de las centrales eólicas es francamente ridículo en relación con la inversión necesaria, tanto que cabe preguntar: ¿se instalarían centrales eólicas si no anduvieran por medio las subvenciones? Pero aún hay más, ya que los peticionarios de los parques, o en su defecto las empresas que los sustentan o les apoyan, son los mismos que producen los aerogeneradores. ¿Habrá mejor cliente que la ensimismación, el yo-mi-me-conmigo a favor de mi empresa privada con sus pingües dividendos y sus altas cotizaciones en bolsa? Esa es la caridad bien entendida, hermanos; y si suelta algunas migajas, es amor al prójimo. Ahí están los alcaldes que lo bendicen...

¿Soluciones? Yo no sé si es fácil, pero: ¿cuántos lugares hay en España que están pidiendo a gritos un remedio para su impersonalidad y su amorfismo, para su fealdad y su abandono? Tropecientos. Y siendo esto así, ¿por qué no clavan los dientes molineros en sus carnes desfavorecidas y necesitadas? ¿Es que han de ser sacrificados los parajes más puros y más bellos, los entornos más singulares y emblemáticos, los que son futuro y vida? Para esta inmolación, ¿acaso es necesaria la virginidad? A mí se me hace que no, que el paisaje no admite esas sangrías y sacrificios, y menos para saciar algunas ansias privadas, en las que incluyo los proverviales apetitos desordenados. Las empresas como Iberdrola, actuando como actúan, son unos vulgares depredadores que en lugar de iluminarnos las noches y calentarnos la vida, por lo menos en sus tramos más hoscos y más duros, nos quieren churrascar el pellejo, porque la destrucción del paisaje y nuestra propia destrucción es exactamente lo mismo.

Claro que el alto capital está en su particular medio ambiente. Los responsables del Medioambiente están completamente en la higuera. La higuera es un árbol maldito que, de una forma o de otra, se acaba siempre secando. La sociedad va al rebufo del dinero que, por ser la panacea inmediata, es el que dobla voluntades y obliga a tragar sapos y culebras.

¿Y quiénes somos nosotros, que exhibimos esta fragua de chispas? Ya lo dije otra vez, el brazo colérico de D. Quijote, la inocencia hecha sangre y necesidad, el enano que va poniendo chinitas en los engranajes de las más descomunales macroestructuras.... Una cosa hay clara: que estamos en el sitio en que debemos estar, cumpliendo con nuestra voluntad de autodefensa.

Mariano Estrada, 05-11-2000

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